Vivimos con la sensación de que siempre hay algo más que hacer, algo más que conseguir, algo más que resolver. Corremos de una tarea a otra, de una preocupación a la siguiente, convencidos de que ya habrá tiempo para descansar cuando todo esté hecho, pero la realidad es que nunca es así.
Nos acostumbramos a vivir deprisa, a pensar constantemente en lo que viene después y a posponer aquello que realmente importa: la salud, la tranquilidad, las personas que queremos y los momentos que dan sentido a los días.
A veces hace falta un susto para recordar una verdad sencilla: no somos infinitos. El tiempo pasa, el cuerpo habla y la vida no espera a que terminemos esa lista de cosas pendientes.
Quizá ha llegado el momento de cambiar la urgencia por la presencia, las prisas por el equilibrio y la exigencia constante por un poco más de calma. Porque la vida no es algo que ocurre cuando acabamos nuestras obligaciones. La vida es lo que está pasando mientras tanto.
Añadir comentario
Comentarios
Totalmente así.
Nos olvidamos de todo y de todos.
El ritmo que llevamos nos hace perder muchas cosas.